jueves, 1 de diciembre de 2016

Biografías a medias


He crecido con pinceles entre los dedos, cámaras analógicas y máquinas de escribir. 
He crecido con cuadernos hechos de esparadrapo, con ramos de flores hechos de margaritas. 
He crecido con pocos muñecos y muchos libros. Hace diez años aprendí a desgarrarme el alma sin pestañear y empecé a escribir. 
Soy el libro más real que jamás pude leer. 
El más complejo, el más intenso, el más sensible, el más inestable.
Aprendí a encontrarme en mis propias manos y descubrí que la poesía tenía respuestas para cada emoción que me inquietaba. 
He crecido sin móvil, sin ordenador, sin el plagio tras la oreja y el corazón entre las manos cada vez que habría un cuaderno. He crecido sin tener constancia del patriarcado que hoy me asfixia y desconociendo el feminismo que me ha salvado la vida. He crecido entre algodones de versos y arte. 
Mi realidad siempre ha sido la rara, hasta que se ha convertido en tendencia y eso me alegra tanto como me asusta.
Me asusta que nos olvidemos de nosotros mismos tratando de ser otra persona. Me asustan las modas, las tradiciones, lo normal, las excusas, los miedos y las jaulas.
Me asustan los juicios de valor, las copias, la hipocresía y el silencio. Me asustan las mentes llenas de paja, los plagios de personalidad, las mentiras y los secretos.
De Bukowski aprendí a ahogarme sin querer aprender a nadar. 
Porque luego con Pizarnik aprendí a volar. 
Aprendí que el mayor logro en la vida es ser y estar en equilibrio y armonía aquí y ahora, y sobre todo conseguirlo tras el intento. 
Aprendí a ser mi propia maestra, mi propia meta, mi propio reto, mi libro de par en par.
Porque madurar es abrazar a la satisfacción de amar y aceptar quién eres y nunca perderse en el intento de querer o aparentar ser otra.

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